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Políticos estúpidos

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México DF, a 23 de febrero de 2009

Héctor Barragán Valencia ¿Cómo cambiar a la elite dirigente de México? Esta es la gran pregunta. La discapacidad intelectual del pequeño grupo de políticos y empresarios que gobierna es el problema que agobia a México. Para ellos somos un botín, y pelean ferozmente para ganar la mayor parte, a costa del empobrecimiento general y de la salud misma de la gallina de los huevos de oro. ¿Quién tendrá autoridad moral para gobernar y sortear la crisis? Su estupidez y rapacidad propician que México involucione hacia un Estado fallido. Dañan más que el narcotráfico. Algunos ejemplos. Mientras el país se precipita al vacío, vemos que los asambleístas se despachan con la cuchara grande: se otorgan 620 mil pesos para dejar su cargo en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (como en todas las legislaturas). Sólo importa su enriquecimiento. Su conducta inmoral alimenta fuerzas antisociales. El mensaje es: cada uno actúe a conveniencia. Atentan contra la cohesión social. ¿Acaso no conocen las alarmantes cifras de desempleo que asuelan a los capitalinos y que alimentan a los grupos delincuenciales? Los líderes sindicales se regalan humer; usan relojes de miles de dólares, automóviles carísimos, blindados y de marcas de prestigio; son propietarios de mansiones y de inmensos ranchos; no rinden cuentas sobre las cuotas sindicales ni de los fideicomisos, formados con dinero público, que manejan. Dejan a los sindicalistas algunas migajas para mantener el control: plazas laborales de por vida y una que otra comisión para aquellos que descuellan y podrían desafiar su liderazgo. Es el mundo de la componenda, la complicidad y la rapiña. A nadie importa la educación, la energía, la salud. El país que se vaya al diablo. Los grandes empresarios son un Estado dentro del Estado. Los banqueros tienen la concesión de manejar a su arbitrio el ahorro del pueblo: pagan lo que quieren e imponen comisiones y tasas a capricho para lograr su meta de ganancias. No cumplen la función de financiar. Tenemos monopolios u oligopolios en la televisión, el pan, la tortilla, el cemento, la telefonía, los refrescos, el acero, el comercio al menudeo, el vidrio, la energía, el comercio de granos y la banca. A cada uno de tales consorcios los mexicanos estamos obligados a tributar cuando compramos sus bienes o servicios. Desde hace tiempo Hacienda cedió el monopolio de cobrar impuestos a los mexicanos. Siguiendo el ejemplo, ahora las mafias también demandan su parte: seguridad personal y patrimonial a cambio de dinero (impuesto). La desintegración del Estado mexicano inició con el modelo neoliberal. Forman parte del paisaje depredador las televisoras, empeñadas en socavar la autoridad del árbitro electoral, el IFE, torpedeando el sistema de flotación de nuestra disfuncional democracia; los partidos rechazan rendir cuentas y derrochan miles de millones; los diputados y senadores federales son actores vergonzantes: legislan para proteger intereses privados y partidistas; los gobernadores se comportan como virreyes, herederos directos del viejo presidencialismo, dueños de vidas y haciendas; el gobierno federal prefiere ser lacayo de Estados Unidos que anteponer el interés nacional con una política antinarcóticos que dé énfasis a la salud en lugar de guerrear, lucha que todos perdemos. Hipocresía y simulación en todos los órdenes: los recursos para desarrollo social los usan tirios y troyanos para comprar clientelas; la filantropía es utilizada para evadir el fisco; empresarios y banqueros se quejan de la inseguridad y no pocas veces son intermediarios conscientes del lavado de dinero; desde siempre se conoce la complicidad y connivencia entre gobernantes de primer nivel, legisladores, policías y militares con las mafias. La impunidad campea. Después de tantos años de evasión de la ley, corrupción, pillaje, de crimen sin castigo, de tráfico de influencias, de ineficiencia… el pueblo mexicano pierde su temple moral e imita a sus elites dirigentes. Todo mundo hace lo que le viene en gana: es la ley de la selva. En mala hora llega la crisis financiera. El riesgo de colapso y guerra civil son reales. Quizá haya esperanza si las clases dirigentes impulsan una profunda y radical reforma del Estado para eliminar los estímulos autodestructivos, que propician la irresponsabilidad social y política. *El autor es analista económico y político. E-mail: MailScanner has detected a possible fraud attempt from “mx.mc1112.mail.yahoo.com” claiming to be hector_barragan@hotmail.com  

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