LA PRIMERA VICTORIA
Alberto Híjar Serrano
Entre las acciones simbólicas de Yo Soy 132 destaca la de Guanajuato en agosto cuando intervinieron la organización del Festival Internacional de Cine de Guanajuato copión de la alfombra roja tendida en la escalinata del Teatro Juárez. Una marcha partió del Monumento a El Pípila en el Cerro de San Miguel desde donde se domina la ciudad patrimonio de la humanidad, para recorrer la ruta del Ejército Insurgente comandado por Allende e Hidalgo. Un joven con el torso desnudo, peinado con rastas como identidad actual y con una loza simulada en la espalda, encabezó las columnas que toparon con la policía, dieron la vuelta y en el costado del Teatro Juárez gritaron consignas y exhibieron su lema principal: “Quedan muchas alhóndigas por incendiar”.
El gesto histórico es importante por darse en Guanajuato y por responder a la reiterada negación del poder popular por el Estado opresor. El acto se apoya en el libro Pípila, artífice de la primera victoria insurgente de Modesto Ortíz Prado. El libro recoge y explica los documentos que prueban la existencia de Juan José de los Reyes Martínez quien se sumó al Ejercito Insurgente con un grupo de mineros. No llegaba a 400 el número de insurgentes que en Guanajuato aumentó hasta unos seis mil y en su marcha a México llegaron a 90 mil. En la Alhóndiga de Granaditas se encerraron los españoles y los criollos ricos con sus tesoros. La fortaleza parece inexpugnable por sus altísimos muros, sus grandes portones y la defensa desde lo alto con disparos, bombas y ácido del usado para procesar los minerales. No podían ni acercarse los insurgentes cuando los mineros recién incorporados idearon colocar una loza del piso bien amarrada a la espalda del Pípila para que se acercara a rastras y dinamitara la entrada principal. Quienes niegan que alguien pueda soportar un peso de más de cien kilos en la espalda, no saben de lo que son capaces los combatientes libertarios acostumbrados a las más duras tareas, cuando la adrenalina revolucionaria es orientada por la voluntad de vencer. Sólo hay que recordar a la sandinista mexicana Aracely Pérez Darias, egresada de la Universidad Iberoamericana o al Che asmático, cargando cajas de balas en el repliegue de un combate. Con las pecas características de las asoleadas que daban apariencia de huevo de guajolota a punto de criar a sus pípilas, el joven y fuerte minero cumplió la encomienda para permitir la entrada en tropel de los furiosos insurgentes que destruyeron todo lo que encontraron a su paso el 28 de septiembre de 1810. La Revolución de Independencia había comenzado, dejaba de ser mera movilización contestataria y convencía a los miles que se integraron al desordenado pero efectivo ejército repudiado por los ricos admiradores de los bien uniformados y disciplinados defensores del virreinato. La primera victoria insurgente es una victoria histórica del pueblo en lucha. “Hay muchas alhóndigas por incendiar”.
Meses después, el 24 de noviembre, Calleja recuperó Guanajuato y Manuel Flon, Conde de la Cadena, ordenó “toque a degüello” y dicen los cronistas que el Padre José de Jesús Belaunzarán, con crucifijo al frente, detuvo tarde la matanza de los realistas mientras otros curas los acompañaban bendiciendo los cadáveres de los inocentes.
El Pípila fue nombrado capitán y fue integrado a la guardia de Hidalgo para quedar al mando de la Cuarta Compañía. A raíz de la derrota de El Maguey y mientras Hidalgo marchaba a Guadalajara, donde proclamaría la libertad de los esclavos y encargaría la publicación de El Despertador Americano, el ex minero se encontró con el Regimiento de Infantería de Mineros derrotado y disperso lo cual lo obligó a andar a salto de mata. El 14 de octubre de 1811 las cabezas de Hidalgo, Aldama, Allende y Jiménez, el discípulo de Hidalgo en el Colegio de San Nicolás, fueron colgadas en jaulas en las esquinas de la Alhóndiga para escarmiento de los insurgentes. Fusilado el 30 de julio, un mes después de sus compañeros dirigentes, Hidalgo fue violentamente despojado de sus atributos sacerdotales con el raspado de las palmas de sus manos mientras se leía la maldición a todas y cada una de las partes de su cuerpo y a toda su descendencia para cumplir así el decreto de las cortes de España del 15 de octubre de 1810 excomulgándolo y llamándolo a la rendición. Hidalgo y Allende habían respondido como “jefes nombrados por la nación mexicana para defender sus derechos” con el rechazo que dice en una de sus partes: “el indulto, Señor Excelentísimo (el virrey Venegas, N. A.) es para los criminales, no para los defensores de la patria”.
Luego de la derrota del 3 de mayo de 1811, el Pípila destinado a permanecer en Guanajuato, logró regresar a San Miguel el Grande donde murió el 23 de julio de 1863 según testigos como Alamán, Bustamante y Liceaga y por las cartas atesoradas por la familia. Todo esto cuenta mucho más que las diatribas de Clio-Televisa contra la existencia de el Pípila quien fue borrado de los textos escolares cuando Ernesto Zedillo fue un inadecuado Secretario de Educación. Cada octubre en Santa Rosa, el mineral recientemente agredido y defendido contra los consorcios mineros, los malllamados “indios tejocoteros” representan la hazaña como homenaje a los insurgentes en lucha.
Al reivindicar la primera victoria político-militar independentista, es necesario insistir: “Hay muchas Alhóndigas por incendiar”.
14 septiembre 2012
