Los apodos en la política
Eduardo Ibarra Aguirre
Cuando Juan de Dios Castro Lozano fue diputado federal por cuarta ocasión y presidió en San Lázaro la LIX Legislatura durante el primer periodo, mientras Vicente Fox y Martha Sahagún despachaban en Los Pinos, una docena de colegas fuimos convocados por los directivos del Club de Periodistas a comer y conversar con él, un día de 2004.
Durante buena parte de la reunión Castro habló de El Peje con una familiaridad que su discurso rijoso delataba la carga peyorativa empleada contra su adversario político quien, un poco más tarde, fue denominado o acaso vuelto a bautizar por Santiago Creel, como “El señor López”, con toda la carga clasista e incluso racista inocultable, pues los López, los González, los Pérez y muchos más carecen del linaje de los Creel y los Fox; mientras que para los de su partido, Acción Nacional, y su grupo gobernante usaba la humilde denominación de “Los verdaderos demócratas”.
Tanto usó y abusó el maestro Castro Lozano del adjetivo con más que subrayada carga despectiva, que me vi precisado a interrumpirlo: “¿El Peje, señor diputado?”. Y a renglón seguido se fue al otro extremo: “El señor licenciado Andrés Manuel López Obrador, jefe de Gobierno del Distrito Federal”.
Más recientemente, un magistrado de uno de los tribunales del Distrito Federal deliberó con un grupo de periodistas que sesionan todos los viernes, desde hace 16 años, y aplicó con insistencia el mismo apodo, pero a la hora de referirse a su presunto padrino laboral decía: “El señor licenciado don Marcelo Ebrard”.
La práctica de apodar (“Dar o poner un apodo a una persona”) es muy extendida en el medio político y periodístico –pero también entre los hombres y mujeres de a pie–, sobre todo para subrayar en privado las fobias hacia uno u otro personaje, no necesariamente vinculado al quehacer político.
En contrapartida, para destacar las cercanías reales o supuestas, sobre todo las laborales, lo frecuente es que al nombre y los apellidos se antepongan las palabras, licenciado, ingeniero, maestro, doctor…
Sé muy bien que muchos partidarios e integrantes del movimiento que lidera López Obrador lo apodan del mismo modo, pero la carga es muy distinta, es una expresión de acercamiento y de confianza.
A partir de la confrontación militar que Felipe Calderón puso a la orden del día desde el 12 de diciembre de 2006, hasta el abatimiento de Heriberto Lazcano Lazcano y el rescate de su cadáver por sus hombres, el general de cinco estrellas impuso la moda de mencionar a los capos y sicarios más importantes por sus apodos, como si no tuvieran nombres con respaldo en el republicano Registro Civil, además de correr el muy serio riesgo de que le reviren y apliquen alguno de los varios que ya son del dominio popular.
Fue Humberto Musacchio, el enciclopedista que no le gusta lo llamen así, quien gentilmente me llamó la atención porque en una Utopía referí que a X ministro de culto sus amigos lo denominaban Chabelo en privado, lo cual es estrictamente cierto.
Si el alemán que llevo dentro, como buena parte de los integrantes de mi generación, no me traiciona, no volví a incurrir en ese lamentable error que forma parte de una extendida práctica para caricaturizar al adversario, desacreditarlo, en buena medida por impotencia, pero también como expresión de una fuerte dosis de intolerancia.
Éste es el núcleo del asunto, la intolerancia que revela el muy amplio ejercicio político de colocar apodos. Cosa relativamente distinta, por cierto, de la práctica realizada entre familiares, amigos y compañeros, siempre que el apodado lo permita y acepte. Y el apodador no se indigne cuando le aplican la misma medicina.
Acuse de recibo
“Mucho entusiasmo por el triunfo de Chávez y es legítimo. Pero es curioso que desestimes la conducta de Capriles, quien de inmediato reconoció la derrota, en minutos. Pero correligionarios de El Peje acusaron a Josefina, por reconocer su derrota el pasado primero de julio, como ‘un contubernio’ con EPN. Y eso que a AMLO nadie le interrumpió a la malagueña un discurso de campaña en TV. Destacar y festinar (…) una expectativa de triunfo es natural en campañas opositoras y oficialistas ¿Cuál es el problema? El problema es que cuando se conocen las cifras de votación, unos las reconocen y otros –otro, en singular– las desconocen, descalifican y claman en automático ¡fraude! Ésa es, y muy grande, la diferencia. (Curioso: la ‘izquierda’ mexicana, cuando alguien propone reelección, tan sólo por un período, de legisladores y alcaldes, no gobernadores ni presidentes ¡Jesús! ponen el grito en el cielo, se rasgan las vestiduras y se arrojan ceniza en la cabeza, pero ¡cuánta celebración por la tercera reelección de Chávez! Y Cristina ya prepara su tercera (…)”. El anterior comentario de Gustavo Cortés Campa corresponde a Oposición venezolana apuesta al futuro (10-X-12)… Por el contrario, para Jorge Meléndez Preciado resultó: “Excelente artículo, aunque creo que las de Venezuela no son las mayores reservas del orbe, sino las de varios países árabes”.
